Relato escrito por Juan de Toro, finalista del 1er concurso de literatura deportiva organizado por Mychip en 2019.
Narra la historia de un hombre que a sus 80 años consigue alcanzar su sueño de completar un Ironman haciendo un flashback de lo que ha sido su vida.

TODA UNA VIDA

No era más de las 12:30, sin embargo hacía ya más de 8h que estaba despierto, y más de cinco que el disparo de la mañana deslumbró al sol dando la salida. Una pequeña espera, después de 40 años soñando con ella.

Para Él, nunca fue un problema el no dormir; lo conocí la madrugada de un miércoles lluvioso de primavera, en aquel bar donde el café era largo y aguado como los días.

Yo volvía de cubrir un reportaje en una maratón nocturna y Alberto entró por la puerta con un gesto pueril y renovado, pidió su café y sonrió; creo que era el único del bar que lo hacía. Se sentó a mi lado y empezó a dar vueltas sobre aquel taburete de skay marrón, desgastado y sucio por los tejanos de los cientos de trabajadores de los altos hornos de Bilbao.

Aunque llevaba más de 3h encima de la bici, todavía podía masticar la sal que con la lengua, a modo impulsivo, rescataba de la comisura de sus labios mientras pedaleaba.

El mar, no había sido su mayor aliado esa mañana. Las olas quisieron levantar su cresta de plata, como intuyendo que a modo vikingo, 3500 guerreros iban a luchar contra Él, sin embargo Alberto tenía ventaja, sabía que 3800m de corrientes y olas, no eran nada comparado con los 80 años de guerras, caídas y victorias que llevaba a sus espaldas. Tras una brazada, volvía la otra, y sobre esta, la primera, como un canto, como el movimiento de las flores al soplido; y si la cicatriz de su hombro derecho, impresa de levantar sacos de plomo mostraba su hastío, el brazo izquierdo le ayudaba.

Al final no es muy diferente a la misma vida y en algo menos de 2h, Alberto salía del agua, con el rostro, no diré que feliz, pero si tranquilo, como quien ya conoce el camino, aunque esta, era su primera vez.

El bullicio de la gente se hacía más grande a su paso; más que animarlo, lo adornaban, pero Alberto, a falta de su mujer, tan sólo buscaba las miradas de sus dos hijos Enrique y Laura entre la imagen borrosa de todas aquellas figuras; y fue casi llegando al aérea de transición donde las encontró. Parece mentira, pero vi más orgullo en los ojos de Alberto, que en los de sus adorables hijos. La mirada de un padre que había tenido que sacar adelante sólo, a aquellos dos niños tras ver como el cáncer se llevaba de su lado a su amada Aurora, y no le importó tener que abandonar el deporte , su otra pasión, porque sabía que tarde o temprano, le volvería a llegar su oportunidad. Era su momento, su segundo, su minuto, su hora, su día de gloria, y allí estaba, quitándose esa segunda piel del neopreno, antes de dar pedales a esa vieja BH del 77 de la que llevaba meses sin despegarse.

Al tercer giro de taburete, lo miré y entonces me empezó a hablar, al tiempo que sorbía el humo y unas pequeñas gotas de aquel café americano. “perdona“ me dijo, no puedo evitarlo, tengo que dar vueltas sobre esta vieja banqueta, me encanta empezar así el día. Lo miré de nuevo; ya en aquel entonces, era una persona atlética, de muñecas anchas y venas gruesas que sobresalían de sus brazos. Fue Él quien me preguntó que hacía allí. ¿ por qué?, pregunté. Me volvió a mirar y me dijo, no veo mucha gente con traje por aquí y río con esa carcajada honda y contagiosa que le caracteriza; sólo entonces me di cuenta que era el único que no llevaba la camisa de los altos hornos.

Si, perdona, soy periodista deportivo y he parado aquí por casualidad. Deportivo? Sus ojos le brillaron y empezó a contarme historias de cinco minutos, de su pasión por el triatlón y las pruebas que había ganado años atrás, cuando competía, de cómo le gustaba bailar con las olas de Lekeitio, descubrir los olores de los montes de Arantxada, correr por las calles grises de Bilbo, mientras el resto del mundo intentaba levantarse. Pero todo eso se acabó, me dijo con un gesto compasivo hacia si mismo mientras sonaba la sirena que le obligaba a despedirse de forma acelerada; ha sido un placer y me estrechó la mano.

No fue hasta el km 90, donde pude volver a ver como sobresalía su casco negro opaco por encima de la rampa del faro que daba la entrada a Calella para completar su primera vuelta. Llevaba una cadencia terriblemente obscena para sus 80 años. Él sabía que tenía que conservar, que el viaje era largo, pero la ilusión podía con todo, y estaba marcando una media digna de un cincuentón con aspiraciones.

Me recordaba a mis 15 años, cuando todo era nuevo, todo una aventura, un riesgo; cuando sabía disfrutar de cada momento, alejado del ruido del trabajo, de la familia y del peso que te otorga la experiencia.

Y Alberto, allí estaba, en su tercera vida, cumpliendo su sueño de juventud, sin aliento, pero con la ilusión que da la delicadeza del amor que todo lo puede.

En un segundo, le vi de nuevo perderse persiguiendo la línea del asfalto que dividía la carretera de la costa; “ vamos, vamos, vamos “ gritaba por dentro.

Había algo en aquel muchacho que me cautivó aquella mañana en el “Café Galdakao” y me obligó a acudir al amanecer siguiente. Tendríamos la misma edad aproximadamente . Yo apenas hacía 1 año que trabajaba para el diario deportivo y Él llevaba años en los altos hornos. Cuando entró de nuevo en el bar, ya le había pedido su café largo e hirviente, lo dejé sobre su taburete como invitándole a sentarse. Buenos días, le dije. Esta vez fui yo quien le estrechó la mano. Me llamo Sergio; Alberto, me contestó.

La vida es inesperada gracias a Dios, y de esta forma conocí a el que durante toda una vida ha sido y es mi mejor amigo.

La segunda parte de la bicicleta, estaba pesando sobre sus recias, pero cansadas piernas, habían pasado algo más de 8h y todavía no lo veía aparecer por el aérea de transición para empezar la carrera a pie, los 42 km y 200m, que separan a las personas de los Dioses.

Gracias a mis años de trabajo, tenía algún amigo, bueno, diré que amigo de mis hijos, haciendo el seguimiento en vivo del evento, y a través de esas palomas mensajeras que llevamos en los bolsillos, me iban llegando noticias. Alberto había bajado el ritmo, su pedalada empezaba a ser melancólica y sus paradas de 5 minutos a hidratarse eran ya una constante. 180km de soledad; bien podía ser el título de un libro, pero era la distancia que debía cubrir para tocar la penúltima partitura de su réquiem particular.

De repente, apareció su sombra, mientras la de su hijo Enrique, le acompañaba bordeando por el exterior de la valla de protección, y no paraba de animarle y preguntarle cómo iba, sin duda, una mezcla entre orgullo y sufrimiento por la salud de su padre. Pasó por mi lado, me miró, sonrió como siempre y me dijo: “ estoy molido cabronazo “. Era nuestra forma particular de querernos.

Se adentró en la carpa para cambiarse, y me agrupé con sus hijos para animarle en la salida. Pasaban los minutos, pero Alberto no aparecía y por un segundo de aire frío y seco, pasaron por mi cabeza los viejos fantasmas del miedo.

Hacía ya muchos años, en una tarde húmeda como siempre en la Ría y cubiertos por nuestro particular perfume a celulosa, Alberto me contó como tuvo a sus hijos muy joven y como al poco tiempo, el odio y la envidia del cáncer se llevó a la que había sido su amor de colegio, de instituto, Aurora, su media mitad. Estuvo a punto de abandonarse, de dormir con ella por siempre, pero sus hijos le enseñaron a mirar el futuro y con el paso del tiempo, decidió que nada ni nadie, le volvería a quitar aquella sonrisa del rostro.

Tuvo que dejar el triatlón y trabajar, y seguir trabajando , a doble turno, sábados, lo que hiciera falta por aquellos niños, pero siempre lo hacía como si llevara días de vacaciones. Siempre luchando, siempre caminado hacia delante.

Entonces, empezaron de nuevo la lluvia de aplausos y sabía que “ mi amigo”, continuaba en la guerra. No llevaba ropa comprensiva, ni atuendos modernos, y como no, su vieja gorra de tela y visera de plástico de los altos hornos, le acompañaba como les había prometido a algunos de sus compañeros, y aunque nunca había llevado barba, una franja blanca de sudor seco y sales perdidas, recorría sus patillas y resbalaba hasta el profundo hoyuelo de su mentón pareciendo que la tuviera; y entre aquel mapa de surcos que formaban las arrugas de su cara, seguían sobresaliendo aquellos dos ojos verdes, nada comunes en un bilbaíno natal, que seguían brillando y diciendo que su cuerpo y su mente no tenían límites y aunque sus zancadas eran cortas y no disimulaban los kilómetros , no cesaban y sus pies proseguían con su vuelo raso . Los diez primeros kilómetros a través de la tierra del paseo marítimo de Calella y rodeado por las miles de voces , hacían volar a cualquiera. Alberto siempre había corrido apoyando las puntas de los pies, por lo que aunque el trabajo de cuádriceps en la bici había sido fuerte, ahora no los notaba cansados, sin embargo los gemelos, las rodillas y los abductores, tenían que empezar a mostrar que estaban allí por algún motivo. Tras dejar atrás el pueblo, empezaba la verdadera travesía del desierto, por carreteras más bien solitarias y con una luna que amenazaba con acostar al sol.

Hacía apenas 2 años, que tras dos cervezas, Alberto me dijo que quería hacer el Iron Man de Barcelona. Yo me descojoné de la risa, pero veía que Él no lo hacía, la cosa iba en serio y después de muchos años juntos, sabía que cualquier comentario intentando convencerlo de lo contrario, sería contraproducente, seguramente también para mi salud, así que le dije: bien, yo te acompañaré, y aunque ya estaba jubilado, le prometí que movería los hilos para publicar un reportaje en el Diario, sección deportes, aunque más bien podría ser sección héroes.

Ya caía la noche cuando tras 13 horas y 45 minutos de competición, Alberto se disponía a voltear por tercera vez la curva que da entrada a la meta. Tan sólo 14 km, una vuelta, le separaba de lograr su sueño. Su gesto ya era de extremo cansancio, rostro desencajado, piel pálida, labios agrietados; quedaba poca gente animando, y prácticamente andaba sin dejar de beber. Se paró a nuestro lado, nos miró y dijo: “ No puedo más “. Era la primera vez que oía aquellas palabras de su boca. Enrique lo miro con cariño y ternura, pensaba que le invitaría a dejarlo, pero no, ya queda poco papá, un último esfuerzo le dijo. Yo fui menos sutil, “ vamos cabronazo” es tu sueño, saca casta, saca huevos. Confío en ti. Alberto suspiro varias veces para oxigenar su corazón y siguió su camino hacia la oscuridad del final del paseo marítimo, cómo un túnel del que no sabes si podrás salir.

Ya no quedaban prácticamente atletas, así que le dije a Enrique,” súbeme al coche, quiero ir a su lado en esta batalla final”. Los focos le servían de entorchado por aquel asfalto de hielo, y como un fan enloquecido, no paraba de gritarle por la ventanilla, de acecharle como una tormenta, de motivarle. Cuando ya no hay fuerzas, cuando las piernas ya han dicho que No, cuando no queda nada, tan sólo puedes recurrir a tu mente, pero sin glucógeno, también es difícil pensar , así que trataba de alentarle con palabras cortas y claras, que pudiera identificar y que estimularan a la única parte no física ni mental de su cuerpo etéreo, El Alma. Os puedo decir, os juro, que Alberto tiró de todo eso y de mucho más , y tiro de Alma, de mucha alma en esos últimos kilómetros. Recorrió en pocos minutos varias veces su vida entera, visitó a Aurora en el cielo, bajo a la tierra con sus hijos, y subió de nuevo para decirle, que tal vez, la iba a ver pronto, volvió a trabajar en los altos hornos, incluso regresó al colegio, y a colgarse las medallas des sus campeonatos juveniles, pero cuando vio la señal del ultimo kilómetro y ya tenía la certeza de que terminaría, rompió a llorar, lloró como nunca lo había visto. La emoción no se podía describir, supongo que debía ser algo parecido a la sensación de ser padre. Sus hijos lloraban, Yo lloraba y a todos nos recorrían uno tras otro, escalofríos de adrenalina de la punta de los pies hasta el último pelo de la cabeza.

Mi amigo, mi héroe, a sus 80 años, me había demostrado, que no hay sueños imposibles, que no hay retos que el ser humano no sea capaz de superar, que no hay muerte, si no hay vida, que los límites sólo están en la cabeza de uno mismo.

No quise llegar a la meta, me quedé allí sentado, acompañado de la brisa marina, viendo como Alberto, ya volaba, deslizándose por esos últimos metros que dan acceso al Olimpo del cielo para convertirse en un IRONMAN. Tenía que estar sólo, solo Él con su momento, sin nadie que pudiera distraerle de la hazaña que había conseguido. No me hacía falta verle la cara para saber que estaba en lugar adecuado, en el momento adecuado, que ya no le importaba cuando viniera a buscarle la muerte, porque ya había vivido todo lo que quería vivir, que estaba feliz, que estaba completo, que ese trocito de alma que le faltaba por llenar y que le había llevado a cruzar la meta en 16horas y 23 minutos, por fin podía descansar en paz.